Hace poco estudié la historia de Samuel H. Smith, el primer misionero oficial de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Samuel era el hermano menor de José Smith. Fue una de las primeras personas bautizadas en esta dispensación y también uno de los Ocho Testigos del Libro de Mormón.
En junio de 1830 fue llamado a servir como misionero en Palmyra, Nueva York.
Y honestamente… su primer día fue muy diferente a lo que imaginamos hoy.
Ese día caminó más de 25 millas llevando copias del Libro de Mormón. Tocó puertas, habló con personas y trató de compartir lo que sabía que era verdadero… pero nadie quiso escucharlo ni comprar un libro.
Hambriento, cansado y probablemente desanimado, llegó a una posada esperando encontrar un lugar donde dormir. Pero cuando el dueño escuchó que hablaba del Libro de Mormón, lo rechazó y prácticamente lo echó del lugar.
Así que esa noche, el primer misionero de esta dispensación durmió debajo de un manzano.
Y aun así… no se rindió.
Porque si no hubiera tenido esa certeza, jamás habría soportado caminar solo, sin dinero, sin ayuda y sin resultados visibles.
Y lo más increíble es que, aunque parecía que no estaba logrando mucho, Samuel estaba sembrando semillas que años después cambiarían la historia de la Iglesia.
Una de las personas a las que entregó un Libro de Mormón fue John P. Greene, un ministro metodista y esposo de Rhoda Young Greene.
John leyó el libro y quedó profundamente impresionado. Más adelante compartió ese mismo Libro de Mormón con otras personas.
Y una de esas personas fue Brigham Young.
Sí… el mismo Brigham Young que años después dirigiría a los pioneros hacia Utah y llegaría a ser el segundo presidente de la Iglesia.
Brigham Young contó que cuando leyó el Libro de Mormón sintió que era verdadero. Se bautizó en 1832. Y gracias a esa misma cadena de fe también se unieron Joseph Young, Heber C. Kimball y muchos otros futuros líderes pioneros.
Todo comenzó con un misionero cansado, caminando solo por caminos de tierra, sin imaginar el impacto eterno que tendría su esfuerzo.
Y aquí estamos casi 200 años después…
Todo comenzó con personas sencillas que decidieron seguir adelante aun cuando parecía que no estaban logrando mucho.
Creo que muchas veces nosotros también nos sentimos así.
Samuel probablemente nunca imaginó todo lo que ocurriría por haber seguido adelante aquel día.
Y quizá nosotros tampoco veremos todo el bien que nuestros pequeños esfuerzos producirán.
Pero Dios sí lo ve.
Y Él puede hacer cosas extraordinarias con personas comunes que simplemente deciden no rendirse.

No hay comentarios:
Publicar un comentario