domingo, 6 de septiembre de 2026

Las Hijas de Helamán

 


Las Hijas de Helamán

Un reporte de lectura sobre Daughter of Helaman

No voy a mentir. El obispo apenas había anunciado el himno de apertura y yo ya estaba tratando de calcular si Helamán habría aceptado a un joven como yo en su ejército. Para cuando comenzó el primer discurso, mentalmente ya estaba caminando por Jersón, preguntándome cómo una muchacha podía debatirse entre el hombre que todos creían perfecto... y el hombre que realmente entendía quién era ella.

Así comenzó mi experiencia con Daughter of Helaman.

Confieso que al principio pensé que sería otra novela basada en los dos mil jóvenes guerreros del Libro de Mormón. Yo esperaba batallas, espadas, héroes, milagros y probablemente jóvenes que parecieran haber salido directamente de una pintura de Arnold Friberg.

Pero terminé encontrando algo mucho más cercano.

Encontré personas.

Personas que ríen, que dudan, que se equivocan, que tienen miedo, que se enamoran y que, aun con todas sus imperfecciones, deciden confiar en Dios.

Y quizá esa fue la primera gran sorpresa de la lectura.

De los gigantes de Friberg a los adolescentes reales

Durante años, las pinturas de Arnold Friberg me hicieron imaginar a los dos mil jóvenes guerreros de Helamán como una especie de ejército celestial de adolescentes musculosos.

Uno mira esas pinturas y piensa:

"Estos muchachos no tienen miedo de nada."

Parecen capaces de detener un ejército entero antes del desayuno.

Pero cuando recordé que aquellos guerreros eran jóvenes, muchos probablemente de apenas dieciséis o diecisiete años, mi perspectiva cambió completamente.

Ya no veía un ejército de superhombres.

Veía adolescentes.

Y entonces pensé en los jóvenes que hoy se preparan para servir una misión.

Muchachos que reciben su llamamiento, sonríen para la fotografía, publican algo en Facebook y escuchan a todos decir:

"¡Qué emoción! ¡Vas a ser un gran misionero!"

Pero después llega la noche.

Y cuando nadie los está mirando aparecen las preguntas:

"¿Y si no aprendo el idioma?"

"¿Y si extraño demasiado a mi familia?"

"¿Y si no soy suficiente?"

"¿Y si mi compañero es completamente diferente a mí?"

"¿Y si no sé qué decir?"

La diferencia es que los jóvenes de Helamán no recibían una placa con su nombre, un manual misional y un boleto de avión.

Recibían un escudo, una espada y la responsabilidad de defender a un pueblo entero.

Y aun así salieron.

Con miedo.

Con dudas.

Pero también con fe.

Eso hizo que la historia dejara de parecerme tan antigua.

De repente, esos dos mil jóvenes se parecían mucho más a los jóvenes que veo hoy en la Iglesia.

Y entonces apareció Keturah

En medio de todo eso aparece Keturah.

Y aquí la historia cambia.

Keturah tiene apenas quince años, pero desde el principio queda claro que no encaja exactamente en el molde que su comunidad ha preparado para ella.

Mientras otras jóvenes aprenden a hilar, hornear pan y prepararse para la vida que se espera de ellas, Keturah tiene otros intereses.

Ella quiere aprender a usar un arco.

Quiere manejar una espada.

Quiere entrenar.

Quiere demostrar que puede hacer cosas que otros creen que no corresponden a una joven como ella.

Y debo admitir que aquí me imaginé inmediatamente a Keturah en un barrio actual.

Imagino que en una actividad de las Mujeres Jóvenes anuncian:

"Esta tarde vamos a decorar cupcakes."

Todas están emocionadas.

Entonces Keturah levanta la mano.

"¿Y no podríamos mejor aprender a cambiar una llanta?"

Silencio.

La líder sonríe nerviosamente.

"Bueno, Keturah... eso lo podemos hacer otro día."

Y ella insiste:

"¿Y reconstruir el motor de una camioneta?"

Probablemente esa muchacha terminaría siendo más feliz pasando el sábado con su papá desarmando un motor que decorando galletas.

Pero eso no significa que haya algo malo en ella.

Simplemente significa que Dios le dio talentos diferentes.

Y eso fue algo que disfruté mucho de la historia.

Keturah no necesita convertirse en otra persona para demostrar su valor.

Necesita descubrir quién es.

Y, sobre todo, descubrir que sus dones también pueden tener un propósito.

Eso me hizo pensar en muchos jóvenes de hoy.

Hay jóvenes que aman la música.

Otros aman los deportes.

Otros quieren ser médicos, ingenieros, artistas, mecánicos, empresarios o maestros.

Algunos son extremadamente sociables.

Otros prefieren sentarse al fondo del salón y no hablar con nadie.

Y también están esos jóvenes que, cuando llega una actividad de la Iglesia, preguntan:

"¿De verdad tengo que participar?"

Todos son diferentes.

Pero el evangelio no necesita que todos seamos iguales.

Necesita que aprendamos a utilizar nuestros dones para hacer el bien.

Y Keturah representa precisamente eso.

Una joven que está tratando de descubrir dónde encaja, mientras los demás ya decidieron dónde debería encajar.

Zeke: el muchacho que cualquier madre aprobaría

Y entonces conocemos a Zeke.

Debo admitir que, si yo fuera parte del obispado de un barrio moderno y Zeke estuviera sentado frente a mí, probablemente pensaría:

"Este muchacho tiene un gran futuro."

Es responsable.

Trabajador.

Respetuoso.

Disciplinado.

Es el joven que llega treinta minutos antes para preparar la Santa Cena.

El que participa en FSY.

El que nunca olvida su asignación de ministración.

El que ayuda a recoger las sillas después de una actividad sin que nadie se lo pida.

Y probablemente el que ya tiene lista la carpeta para enviar los papeles de la misión mientras otros todavía están tratando de encontrar su partida de nacimiento.

Zeke es, en muchos sentidos, el muchacho perfecto.

El muchacho que todos escogerían.

El muchacho que cualquier madre probablemente miraría y pensaría:

"Ese sí."

Y precisamente por eso su relación con Keturah resulta tan interesante.

Porque Zeke realmente quiere a Keturah.

No creo que sus sentimientos sean falsos.

Pero existe una diferencia importante entre amar a alguien y comprenderlo completamente.

Zeke parece imaginar que algún día Keturah se convertirá en la mujer que todos esperan que sea.

Y ahí encontré una de las preguntas más interesantes de la novela:

¿Amamos a las personas por quienes realmente son o por quienes esperamos que algún día lleguen a ser?

Porque eso también ocurre hoy.

A veces queremos que nuestros hijos sean como nosotros.

Queremos que estudien lo que nosotros creemos que deben estudiar.

Que tengan determinados amigos.

Que sirvan de determinada manera.

Que sigan determinado camino.

Incluso dentro de la Iglesia podemos caer en la tentación de pensar que existe una sola manera correcta de ser un buen joven, una buena mujer o un buen miembro de la Iglesia.

Pero Dios no fabrica personas en serie.

Y Keturah lo demuestra.


Porque enamorarse no es lo mismo que comprender

Aquí es donde el romance de la historia adquiere un significado mucho más profundo.

Al principio podría parecer simplemente una cuestión de elegir entre dos hombres.

Pero mientras avanzaba la lectura, comencé a pensar que el verdadero conflicto de Keturah era mucho más grande.

No era simplemente:

"¿A cuál de los dos voy a escoger?"

Era:

"¿Quién me permite ser realmente quien soy?"

Porque todos queremos ser amados.

Pero creo que existe algo todavía más profundo:

Queremos ser comprendidos.

Queremos encontrar a alguien que no solamente diga:

"Te quiero."

Sino que también pueda decir:

"Te conozco."

"Entiendo lo que sueñas."

"Entiendo lo que te preocupa."

"Sé por qué esto es importante para ti."

Y, sobre todo:

"No necesito cambiarte para poder quererte."

Ahí es donde el romance de Keturah deja de ser simplemente un romance adolescente y comienza a hablar de algo mucho más universal.

Gideon: el hombre que vio algo que los demás no veían

Y entonces aparece Gideon.

Para mí, aquí la historia adquiere otra dimensión.

Gideon no mira a Keturah como una muchacha que necesita ser protegida de todo.

Él ve algo diferente.

Ve disciplina.

Ve carácter.

Ve potencial.

Ve una capacidad que quizá ni siquiera ella misma reconoce completamente.

Y decide invertir en ella.

No llega como el típico héroe que rescata a la protagonista.

Llega como mentor.

Como maestro.

Como alguien que le exige.

La hace entrenar.

La hace fallar.

La hace volver a intentarlo.

La obliga a levantarse.

Le exige más de lo que ella cree que puede dar.

Mientras leía esas partes pensé:

"Si Gideon hubiera sido instructor de FSY, más de uno habría pedido cambiarse de grupo antes del segundo día."

Porque hay líderes que simplemente nos dicen lo que queremos escuchar.

Y hay otros que nos ayudan a convertirnos en algo mejor.

Gideon pertenece al segundo grupo.

Y eso también me hizo pensar en los buenos líderes de la Iglesia.

Un buen obispo.

Un buen presidente de misión.

Un buen maestro.

Un buen líder de jóvenes.

No siempre es la persona que nos hace sentir cómodos.

A veces es la persona que nos dice:

"Sé que puedes hacerlo mejor."

Y nos acompaña hasta que realmente lo hacemos.

Helamán: mucho más que un capitán

Pero si hay un personaje que terminó cambiando mi manera de mirar la historia, fue Helamán.

Antes de esta lectura, cuando escuchaba el nombre Helamán, inmediatamente pensaba:

"El capitán de los dos mil jóvenes."

Ahora lo veo de una manera diferente.

Helamán no estaba simplemente dirigiendo un ejército.

Estaba dirigiendo adolescentes.

Y eso cambia todo.

Porque dirigir adolescentes no es fácil.

Pregúntenle a cualquier obispo.

O a cualquier presidente de misión.

O a cualquier padre que haya intentado organizar a sus hijos para salir a tiempo de casa.

Helamán escucha antes de decidir.

Ora antes de actuar.

Observa.

Confía.

Y entiende que esos jóvenes pueden hacer mucho más de lo que ellos mismos creen.

Mientras avanzaba en la lectura dejé de imaginarlo como un general con armadura.

Comencé a imaginarlo como ese presidente de misión que nunca necesita levantar la voz porque los misioneros saben que pueden confiar en él.

O como ese obispo que mira a un joven y ve mucho más de lo que el propio joven alcanza a ver en sí mismo.

Y comprendí algo:

El liderazgo inspirado no consiste simplemente en formar soldados. Consiste en formar personas.

Dos mil jóvenes y una sola palabra: confianza

Tal vez una de las palabras que mejor resume toda la historia es:

confianza.

Helamán tuvo que confiar en jóvenes.

Los jóvenes tuvieron que confiar en Helamán.

Keturah tuvo que aprender a confiar en sus capacidades.

Y todos tuvieron que aprender a confiar en Dios.

Y eso me hizo pensar nuevamente en las misiones.

Cuando un joven sale de casa, los padres dicen:

"Estamos orgullosos de ti."

Pero muchas veces, detrás de esa frase existe otra:

"Estamos aterrados."

Porque enviar a un hijo a otro país no es sencillo.

Los padres lloran en el aeropuerto.

Los hijos intentan no llorar.

Todos dicen:

"Todo va a estar bien."

Y después, cuando el avión despega, probablemente alguien necesita unos cinco minutos para recuperarse emocionalmente.

Pero ¿qué hacemos?

Confiamos.

Confiamos en el joven.

Confiamos en los líderes.

Y confiamos en Dios.

Eso es precisamente lo que veo en los jóvenes de Helamán.

No eran invencibles.

Eran confiables.

Y esa diferencia me parece enorme.

La misión también es una batalla... pero diferente

Quizá por eso la comparación con los misioneros modernos funciona tan bien.

Un misionero puede no estar peleando con una espada, pero enfrenta otras batallas.

La soledad.

El rechazo.

El cansancio.

El idioma.

La frustración.

La nostalgia.

Las dudas.

Y también esa sensación que probablemente todos hemos experimentado alguna vez:

"¿Realmente estoy haciendo suficiente?"

Un joven puede salir de casa pensando que necesita convertirse en un héroe.

Pero quizá Dios nunca le pidió que fuera un héroe.

Quizá simplemente le pidió que fuera fiel.

Eso es lo que encuentro tan poderoso en esta historia.

Los jóvenes de Helamán no eran grandes porque nunca sintieran miedo.

Eran grandes porque, a pesar del miedo, siguieron adelante.

Cuando la fe deja de ser teoría

Hay algo muy fácil cuando hablamos de fe.

Podemos hablar de ella durante horas.

Podemos escuchar discursos.

Leer escrituras.

Tomar notas.

Subrayar frases bonitas.

Decir:

"Sé que Dios vive."

Pero llega un momento en que la fe deja de ser una idea y se convierte en una decisión.

Ahí es donde comienza lo difícil.

Cuando tienes miedo y avanzas.

Cuando no sabes qué va a pasar y confías.

Cuando otros no entienden tu decisión y aun así sigues una impresión espiritual.

Cuando no sabes exactamente cómo terminará todo, pero sabes cuál es el siguiente paso.

Y creo que eso es precisamente lo que esta historia me enseñó.

El valor no significa ausencia de miedo.

El verdadero valor es actuar con fe a pesar del miedo.

Y entonces entendí el título

Al terminar el libro, entendí que Las Hijas de Helamán no es solamente una historia sobre jóvenes que aprenden a luchar.

Es una historia sobre jóvenes que están aprendiendo quiénes son.

Keturah está tratando de descubrir su identidad.

Zeke está tratando de entender que amar a alguien también significa aceptarlo.

Gideon demuestra que un buen mentor puede cambiar el destino de una persona.

Helamán demuestra que un verdadero líder puede confiar en jóvenes incluso cuando ellos todavía no confían completamente en sí mismos.

Y los jóvenes guerreros nos recuerdan que Dios no necesita personas perfectas.

Necesita personas dispuestas.

Eso me hizo pensar nuevamente en la Iglesia de hoy.

En nuestros jóvenes.

En los misioneros.

En los padres que los esperan.

En los obispos que intentan guiarlos.

En los maestros que ven potencial donde otros solamente ven problemas.

En los jóvenes que todavía no saben qué quieren hacer con su vida.

Y también en nosotros.

Porque quizá todos somos un poco Keturah.

Todos tenemos algo que los demás no entienden.

Todos hemos sentido alguna vez que no encajamos.

Todos hemos querido que alguien nos comprenda.

Todos hemos tenido miedo.

Y todos hemos necesitado aprender a confiar.

Cerré el libro y volví a la capilla

Cuando terminé la lectura, imaginé nuevamente aquella escena inicial.

El obispo anunciando el himno.

La capilla llena.

Los jóvenes sentados.

Los adultos intentando mantener la atención.

Y yo pensando en Helamán.

Pero esta vez ya no veía a aquellos dos mil jóvenes como los gigantes de las pinturas de Friberg.

Los veía como muchachos.

Muchachos que probablemente tenían miedo.

Muchachos que extrañaban a sus familias.

Muchachos que no sabían exactamente qué iba a pasar.

Pero que decidieron confiar.

Y entonces pensé:

Quizá esa es la razón por la que seguimos hablando de ellos después de tantos siglos.

No porque fueran perfectos.

Sino porque eran normales.

Eran jóvenes.

Tenían dudas.

Tenían miedo.

Pero tuvieron fe.

Y quizá esa sea también la invitación para nosotros.

No necesitamos ser superhéroes.

No necesitamos tener todas las respuestas.

No necesitamos parecer perfectos delante de los demás.

Solo necesitamos estar dispuestos a confiar en Dios y dar el siguiente paso.

Porque al final, los héroes de las Escrituras nunca fueron personas perfectas.

Fueron personas comunes que aprendieron a confiar en un Dios extraordinario.

Y tal vez eso es exactamente lo que Daughter of Helaman quiso enseñarme.

Que algunas de las personas que Dios prepara para hacer grandes cosas no siempre son las que parecen más fuertes.

A veces son simplemente jóvenes que todavía tienen miedo...

pero que, aun así,

deciden avanzar.


By: Carlos M Sanchez

martes, 12 de mayo de 2026

Samuel Smith .. El primer Misionero Mormon


Hace poco estudié la historia de Samuel H. Smith, el primer misionero oficial de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Samuel era el hermano menor de José Smith. Fue una de las primeras personas bautizadas en esta dispensación y también uno de los Ocho Testigos del Libro de Mormón.

En junio de 1830 fue llamado a servir como misionero en Palmyra, Nueva York.

Y honestamente… su primer día fue muy diferente a lo que imaginamos hoy.

No tenía compañero.
No tenía MTC.
No tenía apoyo económico.
No tenía experiencia.
Y la Iglesia apenas tenía seis miembros.

Ese día caminó más de 25 millas llevando copias del Libro de Mormón. Tocó puertas, habló con personas y trató de compartir lo que sabía que era verdadero… pero nadie quiso escucharlo ni comprar un libro.

Hambriento, cansado y probablemente desanimado, llegó a una posada esperando encontrar un lugar donde dormir. Pero cuando el dueño escuchó que hablaba del Libro de Mormón, lo rechazó y prácticamente lo echó del lugar.

Así que esa noche, el primer misionero de esta dispensación durmió debajo de un manzano.

Y aun así… no se rindió.

Cuando leo historias así, me pregunto:
¿Qué hacía que alguien siguiera adelante después de tanto rechazo?

La respuesta es simple:
Samuel sabía en su corazón que el Libro de Mormón era verdadero.

Porque si no hubiera tenido esa certeza, jamás habría soportado caminar solo, sin dinero, sin ayuda y sin resultados visibles.

Y lo más increíble es que, aunque parecía que no estaba logrando mucho, Samuel estaba sembrando semillas que años después cambiarían la historia de la Iglesia.

Una de las personas a las que entregó un Libro de Mormón fue John P. Greene, un ministro metodista y esposo de Rhoda Young Greene.

John leyó el libro y quedó profundamente impresionado. Más adelante compartió ese mismo Libro de Mormón con otras personas.

Y una de esas personas fue Brigham Young.

Sí… el mismo Brigham Young que años después dirigiría a los pioneros hacia Utah y llegaría a ser el segundo presidente de la Iglesia.

Brigham Young contó que cuando leyó el Libro de Mormón sintió que era verdadero. Se bautizó en 1832. Y gracias a esa misma cadena de fe también se unieron Joseph Young, Heber C. Kimball y muchos otros futuros líderes pioneros.

Todo comenzó con un misionero cansado, caminando solo por caminos de tierra, sin imaginar el impacto eterno que tendría su esfuerzo.

Y aquí estamos casi 200 años después…

Millones de miembros.
Miles de misioneros.
El Evangelio predicado en decenas de idiomas.
Templos alrededor del mundo.

Todo comenzó con personas sencillas que decidieron seguir adelante aun cuando parecía que no estaban logrando mucho.

Creo que muchas veces nosotros también nos sentimos así.

A veces sentimos que nuestros esfuerzos son pequeños.
Que nadie escucha.
Que no estamos cambiando nada.
Que estamos dando mucho y viendo muy pocos resultados.

Pero la historia de Samuel H. Smith nos recuerda algo hermoso:
Dios no siempre nos permite ver inmediatamente el fruto de nuestro esfuerzo… pero eso no significa que nuestras acciones no estén cambiando vidas.

Tal vez hoy solo estamos plantando semillas.
Tal vez alguien recordará una conversación años después.
Tal vez una palabra amable, un testimonio sencillo o un pequeño acto de servicio será exactamente lo que alguien necesitaba.

Samuel probablemente nunca imaginó todo lo que ocurriría por haber seguido adelante aquel día.

Y quizá nosotros tampoco veremos todo el bien que nuestros pequeños esfuerzos producirán.

Pero Dios sí lo ve.

Y Él puede hacer cosas extraordinarias con personas comunes que simplemente deciden no rendirse.


 

domingo, 14 de diciembre de 2025

MIS MISIONEROS FAVORITOS

 



Una clase, muchos informes y un corazón agradecido

Hace unas semanas, durante una clase del sacerdocio, varios padres compartieron, a manera de informe, cómo estaban sus hijos en la misión. Fue algo realmente chévere. No solo se habló de números o bautismos, sino de progreso, crecimiento espiritual y de cómo el Señor trabaja línea por línea.

Toda la clase se involucró. Se sentía el espíritu de la obra misional. Y mientras escuchaba a cada padre hablar de las experiencias de sus hijos, pensé que sería oportuno compartir también mi informe misional con mis amigos que cuando me ven preguntan por ellos, no desde el campo misional, sino desde el corazón de un padre que aprende a confiar más en el Señor… cada lunes muy temprano.

Tengo que empezar confesando algo con total honestidad espiritual: los lunes se han convertido en mi día favorito de la semana. Y no, no es porque el trabajo sea más liviano ni porque descanse mas ese dia. Es porque los lunes, muy temprano, a las 5:00 de la mañana, cuando la mayoría del mundo aún duerme y el desayuno apenas está comenzando su proceso de conversión, recibo las videollamadas de mis hijos que están sirviendo en la misión.

Esas llamadas llegan usualmente en P-day, ese día tan esperado por todo misionero, donde además de lavar ropa, hacer compras para la semana, visitar algún lugar interesante y escribir informes, también se fortalecen las familias en casa… a través de una pantalla. Ahí los veo: con su placa bien puesta, una imagen de Jesucristo en la pared, el Predicad Mi Evangelio cerca y esa sonrisa que solo se obtiene después de testificar del Plan de Salvación o hacer oraciones varias veces al día.

Son llamadas cortas. A veces con mala señal, otras con ruido de fondo, gallos cantando o el carro del vecino acelerando, pero siempre llenas de espíritu, risas y frases clásicas como:
“Papá, estamos bien”,
que para uno ya es suficiente testimonio.

Once meses… sí, once meses

Primero lo primero: mis hijos están cumpliendo once meses en el campo misional. Once meses. O sea, ya no son “los nuevos”, pero tampoco los “viejos sabios” que saben dónde queda todo usando el GPS del Espíritu Santo. Ya pasaron la etapa del “¿qué estoy haciendo aquí?” y están firmemente instalados en el “no entiendo todo, pero el Señor sí”.

Y cada uno, desde su propio rincón del mapa, está sirviendo, creciendo, aprendiendo y, sobre todo, dejando pedacitos de su corazón en la gente que conoce.

Emily y el calor Guarani

Comienzo con Emily, que actualmente sirve en un sector llamado Pedro Juan Caballero, una ciudad ubicada al norte de Asunción, justo en la frontera con Brasil. Para que se hagan una idea, es un lugar donde el sol no sale… aparece. Donde el calor no se siente… te abraza. Y donde uno aprende muy rápido que el sudor también puede ser parte del refinamiento espiritual 🔥.

Emily está muy feliz, y eso como padre se siente incluso a través de una video llamada corta o un mensajito de texto que llega después de una semana movida. Está sirviendo junto a su compañera, la Hermana Manrique, de Colombia, y juntas hacen un equipo que, como dirían los misioneros, “la está rompiendo”.

Emily actualmente sirve como hermana líder, lo cual implica más responsabilidad, más llamadas, más informes… y menos tiempo para dormir. Cada mes debe hacer un largo viaje de más de ocho horas hasta la capital para asistir a capacitaciones de liderazgo. Ocho horas. Eso no es un viaje, eso es una mini misión dentro de la misión. Pero ella lo hace con buena actitud, espíritu dispuesto y, probablemente, con una botella grande de agua.

En su sector está teniendo mucho éxito. Ha conocido personas dispuestas a escuchar y aceptar, por medio del bautismo, el Plan de Salvación y a Jesucristo como su Salvador; familias humildes, corazones sinceros y niños que, sin saberlo, se convierten en los mejores maestros del amor cristiano. Me cuenta que, aunque el clima es muy caliente, el cariño de las personas hace que el trabajo sea mucho más placentero.

Una de las cosas que más le gusta de su sector es el multilingüismo misional. No solo habla español, también escucha y aprende guaraní, y como si eso fuera poco, al servir en una ciudad fronteriza con Brasil, ha tenido que aprender frases en portugués, porque muchas personas hablan los tres idiomas. O sea, Emily ya no solo predica el evangelio, también parece estar en un programa intensivo de idiomas patrocinado por el Señor.

En cuanto a la comida —porque toda conversación misional verdadera tiene que hablar de comida— Emily ha aprendido a amar las sopas reconfortantes y muy típicas de la zona, como el vori vori (sopa con bolitas de maíz y queso), también la feijoada (guiso de frijoles negros y carnes), y el famoso helado de açaí, una fruta muy popular en esa región.
Y por supuesto, no puedo dejar de mencionar otras delicias como el tereré (bebida emblemática de hierba mate fría), que allá no es una bebida… es prácticamente una ordenanza diaria.

Pero más allá de la comida y el clima, Emily me ha contado que ha aprendido a amar más a los niños, a comprender mejor a los líderes locales y a ver la Iglesia desde una perspectiva más sencilla, más pura y más real. En términos generales, puedo decir con gratitud que ella está muy bien, creciendo, sirviendo y dejando que el Señor haga Su obra en ella y a través de ella.










Carlos, un líder Gaucho con estilo

Ahora viajamos virtualmente a Oeste de Buenos Aires, donde Carlos Aarón sirve en una zona llamada Moreno. Un lugar con su propio ritmo, su propia cultura y su propia forma de decirte las cosas… generalmente con mucho cariño y un poco de acento.

En nuestras clásicas video llamadas, siempre habla con entusiasmo de su trabajo junto a su compañero, el Elder Saunders, de Saratoga. Carlos Aaron actualmente está entrenando y sirve como LD —líder de distrito—, lo que significa que además de enseñar, también capacita, anima y guía a otros misioneros. Básicamente, además de predicar el evangelio, también hace liderazgo versión Gaucha.

Como ambos son nuevos en ese sector, al inicio no fue fácil. No conocían bien la zona, se perdían seguido, no encontraban las casas de los líderes locales y en más de una ocasión caminaron por lugares donde uno aprende a orar… sin cerrar los ojos.

Me contó que incluso hubo momentos en los que casi les roban. Nada grave pasó, gracias al cielo, aunque sí hubo un incidente digno de incluir en cualquier anécdota misional: hace unos dos meses, Carlos fue mordido por un perro. Sí, mordido. Y por si se lo preguntan, todo salió bien: el perro sigue vivo, Carlos se atendió como corresponde y ahora ese evento quedó archivado en la carpeta mental llamada “historias que contaré toda la vida”.

En cuanto a la comida —otra vez, porque es inevitable— Carlos confiesa que extraña un buen encebollado, de esos que sanan el alma. Pero también disfruta muchísimo la milanesa: carne empanizada (de ternera o pollo), frita, servida sola o a la napolitana, que se ha convertido en su comida semanal favorita. Y claro, no puede faltar el mate, esa infusión de hierbas que se sirve caliente y se comparte, un compañero fiel que es parte esencial de su día, casi como el estudio personal y el Predicad Mi Evangelio.

Carlos ha conocido familias maravillosas, personas que los han acogido como si fueran hijos propios, dispuestas a brindarles ¨amor, comprensión y ternura¨ y lo más importante en una misión: comida caliente. Me habla con mucha admiración de su presidente de misión, de lo mucho que ha aprendido de él y de cómo su ejemplo le ha ayudado a crecer espiritual y personalmente.

Disfruta profundamente la cultura de Buenos Aires, su gente, su forma directa pero cariñosa de hablar y ese espíritu especial que hace que uno se sienta en casa, incluso estando lejos. Ha aprendido a conocer a las personas a través del servicio y junto a su compañero y la ayuda del espíritu santo ha podido tocar el corazón de familias enteras y ver sus vidas cambiar. Aguante campeón!!










Papá fortalecido por la fé

Al final del día —y después de escuchar muchas historias y experiencias— puedo decir con paz que Emily y Carlos, mis hijos, están exactamente donde deben estar. No todo es fácil, no todo es cómodo, pero todo es profundamente significativo. Están aprendiendo a confiar más en el Señor, a amar a las personas tal como son y a servir sin esperar nada a cambio… aunque a veces sí esperan que el clima sea generoso y los perros no sean tan bravos. Aun así ellos están haciendo una sola cosa y que fue mi consejo antes de partir…. DISFRUTEN este tiempo disfruten todo lo que hagan.

Como padre, agradezco sinceramente sus oraciones, su interés su ejemplo, su servicio desinteresado y sobre todo su amor. Y como miembro de esta familia y de esta Iglesia, testifico que la obra misional es real, que el Señor guía a Sus misioneros y que el servicio misional cambia vidas… empezando por la de los propios misioneros.

Porque sí, cada lunes, después de cerrar la llamada, me quedo con el corazón lleno. A veces con lágrimas, a veces con risas, pero siempre con gratitud. Verlos vivir el Plan de Salvación, enseñar sobre familias eternas y aplicar los principios del evangelio confirma que el Señor realmente prepara a Sus siervos… incluso antes de que suene la alarma a las 5:00 de la mañana

 

sábado, 22 de junio de 2019

WILLIAN COLGATE
Un Testimonio de fé



Esta es una historia que seguro le interesa conocer...

William Colgate fue un empresario inglés que nació el 25 de enero de 1783 en la localidad de Hollingbourn, en Kent, Reino Unido. Hijo de Robert Colgate y Sarah Bowles.

Siendo muy joven, emigró a Nueva York, pues se vio obligado a abandonar su hogar, ya que sus padres no podían sostenerlo, debido a la gran escasez económica en la que vivían.

Con tan sólo 16 años de edad, se ganaba la vida recorriendo las calles vendiendo jabones con una caja de madera colgada al cuello. Con sus ventas, ayudaba a su mamá quien ya había enviudado, además de colaborar para la educación de su hermanita.

Siendo él un joven de campo, se encontró con lo duro de conseguir trabajo en la gran ciudad, sin embargo, su fe en Dios lo ayudó a continuar en la búsqueda por superarse y prosperar.  Un  día para protegerse de la lluvia, se refugió en una iglesia y escuchó cuando el predicador narraba la historia de Jacob:

“E HIZO JACOB VOTO, DICIENDO: SI FUERE DIOS CONMIGO, Y ME GUARDARE EN ESTE VIAJE EN QUE VOY, Y ME DIERE PAN PARA COMER Y VESTIDO PARA VESTIR, Y SI VOLVIERE EN PAZ A CASA DE MI PADRE, JEHOVÁ SERÁ MI DIOS. Y ESTA PIEDRA QUE HE PUESTO POR SEÑAL, SERÁ CASA DE DIOS; Y DE TODO LO QUE ME DIERES, EL DIEZMO APARTARÉ PARA TI. GÉNESIS 28:20-22”

William, al escuchar esto, al salir se arrodilló con su cajita de jabón y oró diciendo:

“¡OH DIOS!, SI ME SACAS DE ESTA POBREZA EN QUE ME ENCUENTRO, TE PROMETO QUE DURANTE TODA MI VIDA DARÉ PARA TI LA DÉCIMA PARTE DE TODO LO QUE GANE”.

Durante la noche tuvo un sueño, en el cual escuchó una voz que le decía: “Aprende a fabricar jabones”. Tuvo fe y obedeció, ya que al día siguiente consiguió un empleo en una fábrica de almidón, jabones y velas. Llegó como mensajero, pero, por su buena conducta, fue ascendiendo hasta que aprendió a fabricar jabones.

Pronto, llegó a ser socio en el negocio del jabón; pero pocos años más tarde, se convirtió en el único propietario debido al fallecimiento de su socio. El negocio creció prósperamente, gracias a su esfuerzo y por supuesto, porque él continuó honrando a Dios con sus diezmos.

Para 1806 William Colgate descubrió la fórmula de la crema dental e introdujo los tubos de pasta de dientes, que hasta esa fecha, se comercializaban en polvo o en tarro. Por la calidad de sus productos, ya se encontraba produciendo una línea de jabones para el lavado de ropa.

Su fidelidad y dedicación a Dios le hizo prosperar y triunfar como empresario, ya que después de comenzar con el 10% de su diezmo, continuó con el 20%, el 30%, el 40%, el 50%, así, hasta llegar a dar el 90% de todas sus ganancias. Sus ventas aumentaron rápidamente con el paso del tiempo, por lo que su jabón comenzó a ser una marca reconocida en muchos hogares a través del mundo.

Colgate fue considerado el hombre más rico, sobreviviendo con apenas el 10% de sus ganancias. Fue alguien que apoyó a hombres de Dios para que se pudiera llevar el mensaje de salvación a muchas naciones.

La Universidad Colgate lleva su apellido en reconocimiento a su labor como benefactor de la institución.
Además ayudó a organizar varias sociedades Bíblicas, inclusive la American Bible Society (1816).

Después de su muerte el 25 de marzo de 1857, sus hijos continuaron siendo fieles a Dios, por lo que años más tarde en 1928 y, debido a su creciente internacionalización, la compañía decide fusionarse con Palmolive-Peet, para luego terminar siendo Colgate-Palmolive.

Sin duda, esto me ha dejado una tremenda enseñanza sobre lo importante que es honrar a Dios con nuestros diezmos, la fidelidad de Él hacia nosotros, y por consiguiente, poner en práctica nuestra fe, disciplina y esfuerzo.

William Colgate le creyó a Dios y a sus promesas.

Las Hijas de Helamán

  Las Hijas de Helamán Un reporte de lectura sobre Daughter of Helaman No voy a mentir. El obispo apenas había anunciado el himno de apertur...