domingo, 6 de septiembre de 2026

Las Hijas de Helamán

 


Las Hijas de Helamán

Un reporte de lectura sobre Daughter of Helaman

No voy a mentir. El obispo apenas había anunciado el himno de apertura y yo ya estaba tratando de calcular si Helamán habría aceptado a un joven como yo en su ejército. Para cuando comenzó el primer discurso, mentalmente ya estaba caminando por Jersón, preguntándome cómo una muchacha podía debatirse entre el hombre que todos creían perfecto... y el hombre que realmente entendía quién era ella.

Así comenzó mi experiencia con Daughter of Helaman.

Confieso que al principio pensé que sería otra novela basada en los dos mil jóvenes guerreros del Libro de Mormón. Yo esperaba batallas, espadas, héroes, milagros y probablemente jóvenes que parecieran haber salido directamente de una pintura de Arnold Friberg.

Pero terminé encontrando algo mucho más cercano.

Encontré personas.

Personas que ríen, que dudan, que se equivocan, que tienen miedo, que se enamoran y que, aun con todas sus imperfecciones, deciden confiar en Dios.

Y quizá esa fue la primera gran sorpresa de la lectura.

De los gigantes de Friberg a los adolescentes reales

Durante años, las pinturas de Arnold Friberg me hicieron imaginar a los dos mil jóvenes guerreros de Helamán como una especie de ejército celestial de adolescentes musculosos.

Uno mira esas pinturas y piensa:

"Estos muchachos no tienen miedo de nada."

Parecen capaces de detener un ejército entero antes del desayuno.

Pero cuando recordé que aquellos guerreros eran jóvenes, muchos probablemente de apenas dieciséis o diecisiete años, mi perspectiva cambió completamente.

Ya no veía un ejército de superhombres.

Veía adolescentes.

Y entonces pensé en los jóvenes que hoy se preparan para servir una misión.

Muchachos que reciben su llamamiento, sonríen para la fotografía, publican algo en Facebook y escuchan a todos decir:

"¡Qué emoción! ¡Vas a ser un gran misionero!"

Pero después llega la noche.

Y cuando nadie los está mirando aparecen las preguntas:

"¿Y si no aprendo el idioma?"

"¿Y si extraño demasiado a mi familia?"

"¿Y si no soy suficiente?"

"¿Y si mi compañero es completamente diferente a mí?"

"¿Y si no sé qué decir?"

La diferencia es que los jóvenes de Helamán no recibían una placa con su nombre, un manual misional y un boleto de avión.

Recibían un escudo, una espada y la responsabilidad de defender a un pueblo entero.

Y aun así salieron.

Con miedo.

Con dudas.

Pero también con fe.

Eso hizo que la historia dejara de parecerme tan antigua.

De repente, esos dos mil jóvenes se parecían mucho más a los jóvenes que veo hoy en la Iglesia.

Y entonces apareció Keturah

En medio de todo eso aparece Keturah.

Y aquí la historia cambia.

Keturah tiene apenas quince años, pero desde el principio queda claro que no encaja exactamente en el molde que su comunidad ha preparado para ella.

Mientras otras jóvenes aprenden a hilar, hornear pan y prepararse para la vida que se espera de ellas, Keturah tiene otros intereses.

Ella quiere aprender a usar un arco.

Quiere manejar una espada.

Quiere entrenar.

Quiere demostrar que puede hacer cosas que otros creen que no corresponden a una joven como ella.

Y debo admitir que aquí me imaginé inmediatamente a Keturah en un barrio actual.

Imagino que en una actividad de las Mujeres Jóvenes anuncian:

"Esta tarde vamos a decorar cupcakes."

Todas están emocionadas.

Entonces Keturah levanta la mano.

"¿Y no podríamos mejor aprender a cambiar una llanta?"

Silencio.

La líder sonríe nerviosamente.

"Bueno, Keturah... eso lo podemos hacer otro día."

Y ella insiste:

"¿Y reconstruir el motor de una camioneta?"

Probablemente esa muchacha terminaría siendo más feliz pasando el sábado con su papá desarmando un motor que decorando galletas.

Pero eso no significa que haya algo malo en ella.

Simplemente significa que Dios le dio talentos diferentes.

Y eso fue algo que disfruté mucho de la historia.

Keturah no necesita convertirse en otra persona para demostrar su valor.

Necesita descubrir quién es.

Y, sobre todo, descubrir que sus dones también pueden tener un propósito.

Eso me hizo pensar en muchos jóvenes de hoy.

Hay jóvenes que aman la música.

Otros aman los deportes.

Otros quieren ser médicos, ingenieros, artistas, mecánicos, empresarios o maestros.

Algunos son extremadamente sociables.

Otros prefieren sentarse al fondo del salón y no hablar con nadie.

Y también están esos jóvenes que, cuando llega una actividad de la Iglesia, preguntan:

"¿De verdad tengo que participar?"

Todos son diferentes.

Pero el evangelio no necesita que todos seamos iguales.

Necesita que aprendamos a utilizar nuestros dones para hacer el bien.

Y Keturah representa precisamente eso.

Una joven que está tratando de descubrir dónde encaja, mientras los demás ya decidieron dónde debería encajar.

Zeke: el muchacho que cualquier madre aprobaría

Y entonces conocemos a Zeke.

Debo admitir que, si yo fuera parte del obispado de un barrio moderno y Zeke estuviera sentado frente a mí, probablemente pensaría:

"Este muchacho tiene un gran futuro."

Es responsable.

Trabajador.

Respetuoso.

Disciplinado.

Es el joven que llega treinta minutos antes para preparar la Santa Cena.

El que participa en FSY.

El que nunca olvida su asignación de ministración.

El que ayuda a recoger las sillas después de una actividad sin que nadie se lo pida.

Y probablemente el que ya tiene lista la carpeta para enviar los papeles de la misión mientras otros todavía están tratando de encontrar su partida de nacimiento.

Zeke es, en muchos sentidos, el muchacho perfecto.

El muchacho que todos escogerían.

El muchacho que cualquier madre probablemente miraría y pensaría:

"Ese sí."

Y precisamente por eso su relación con Keturah resulta tan interesante.

Porque Zeke realmente quiere a Keturah.

No creo que sus sentimientos sean falsos.

Pero existe una diferencia importante entre amar a alguien y comprenderlo completamente.

Zeke parece imaginar que algún día Keturah se convertirá en la mujer que todos esperan que sea.

Y ahí encontré una de las preguntas más interesantes de la novela:

¿Amamos a las personas por quienes realmente son o por quienes esperamos que algún día lleguen a ser?

Porque eso también ocurre hoy.

A veces queremos que nuestros hijos sean como nosotros.

Queremos que estudien lo que nosotros creemos que deben estudiar.

Que tengan determinados amigos.

Que sirvan de determinada manera.

Que sigan determinado camino.

Incluso dentro de la Iglesia podemos caer en la tentación de pensar que existe una sola manera correcta de ser un buen joven, una buena mujer o un buen miembro de la Iglesia.

Pero Dios no fabrica personas en serie.

Y Keturah lo demuestra.


Porque enamorarse no es lo mismo que comprender

Aquí es donde el romance de la historia adquiere un significado mucho más profundo.

Al principio podría parecer simplemente una cuestión de elegir entre dos hombres.

Pero mientras avanzaba la lectura, comencé a pensar que el verdadero conflicto de Keturah era mucho más grande.

No era simplemente:

"¿A cuál de los dos voy a escoger?"

Era:

"¿Quién me permite ser realmente quien soy?"

Porque todos queremos ser amados.

Pero creo que existe algo todavía más profundo:

Queremos ser comprendidos.

Queremos encontrar a alguien que no solamente diga:

"Te quiero."

Sino que también pueda decir:

"Te conozco."

"Entiendo lo que sueñas."

"Entiendo lo que te preocupa."

"Sé por qué esto es importante para ti."

Y, sobre todo:

"No necesito cambiarte para poder quererte."

Ahí es donde el romance de Keturah deja de ser simplemente un romance adolescente y comienza a hablar de algo mucho más universal.

Gideon: el hombre que vio algo que los demás no veían

Y entonces aparece Gideon.

Para mí, aquí la historia adquiere otra dimensión.

Gideon no mira a Keturah como una muchacha que necesita ser protegida de todo.

Él ve algo diferente.

Ve disciplina.

Ve carácter.

Ve potencial.

Ve una capacidad que quizá ni siquiera ella misma reconoce completamente.

Y decide invertir en ella.

No llega como el típico héroe que rescata a la protagonista.

Llega como mentor.

Como maestro.

Como alguien que le exige.

La hace entrenar.

La hace fallar.

La hace volver a intentarlo.

La obliga a levantarse.

Le exige más de lo que ella cree que puede dar.

Mientras leía esas partes pensé:

"Si Gideon hubiera sido instructor de FSY, más de uno habría pedido cambiarse de grupo antes del segundo día."

Porque hay líderes que simplemente nos dicen lo que queremos escuchar.

Y hay otros que nos ayudan a convertirnos en algo mejor.

Gideon pertenece al segundo grupo.

Y eso también me hizo pensar en los buenos líderes de la Iglesia.

Un buen obispo.

Un buen presidente de misión.

Un buen maestro.

Un buen líder de jóvenes.

No siempre es la persona que nos hace sentir cómodos.

A veces es la persona que nos dice:

"Sé que puedes hacerlo mejor."

Y nos acompaña hasta que realmente lo hacemos.

Helamán: mucho más que un capitán

Pero si hay un personaje que terminó cambiando mi manera de mirar la historia, fue Helamán.

Antes de esta lectura, cuando escuchaba el nombre Helamán, inmediatamente pensaba:

"El capitán de los dos mil jóvenes."

Ahora lo veo de una manera diferente.

Helamán no estaba simplemente dirigiendo un ejército.

Estaba dirigiendo adolescentes.

Y eso cambia todo.

Porque dirigir adolescentes no es fácil.

Pregúntenle a cualquier obispo.

O a cualquier presidente de misión.

O a cualquier padre que haya intentado organizar a sus hijos para salir a tiempo de casa.

Helamán escucha antes de decidir.

Ora antes de actuar.

Observa.

Confía.

Y entiende que esos jóvenes pueden hacer mucho más de lo que ellos mismos creen.

Mientras avanzaba en la lectura dejé de imaginarlo como un general con armadura.

Comencé a imaginarlo como ese presidente de misión que nunca necesita levantar la voz porque los misioneros saben que pueden confiar en él.

O como ese obispo que mira a un joven y ve mucho más de lo que el propio joven alcanza a ver en sí mismo.

Y comprendí algo:

El liderazgo inspirado no consiste simplemente en formar soldados. Consiste en formar personas.

Dos mil jóvenes y una sola palabra: confianza

Tal vez una de las palabras que mejor resume toda la historia es:

confianza.

Helamán tuvo que confiar en jóvenes.

Los jóvenes tuvieron que confiar en Helamán.

Keturah tuvo que aprender a confiar en sus capacidades.

Y todos tuvieron que aprender a confiar en Dios.

Y eso me hizo pensar nuevamente en las misiones.

Cuando un joven sale de casa, los padres dicen:

"Estamos orgullosos de ti."

Pero muchas veces, detrás de esa frase existe otra:

"Estamos aterrados."

Porque enviar a un hijo a otro país no es sencillo.

Los padres lloran en el aeropuerto.

Los hijos intentan no llorar.

Todos dicen:

"Todo va a estar bien."

Y después, cuando el avión despega, probablemente alguien necesita unos cinco minutos para recuperarse emocionalmente.

Pero ¿qué hacemos?

Confiamos.

Confiamos en el joven.

Confiamos en los líderes.

Y confiamos en Dios.

Eso es precisamente lo que veo en los jóvenes de Helamán.

No eran invencibles.

Eran confiables.

Y esa diferencia me parece enorme.

La misión también es una batalla... pero diferente

Quizá por eso la comparación con los misioneros modernos funciona tan bien.

Un misionero puede no estar peleando con una espada, pero enfrenta otras batallas.

La soledad.

El rechazo.

El cansancio.

El idioma.

La frustración.

La nostalgia.

Las dudas.

Y también esa sensación que probablemente todos hemos experimentado alguna vez:

"¿Realmente estoy haciendo suficiente?"

Un joven puede salir de casa pensando que necesita convertirse en un héroe.

Pero quizá Dios nunca le pidió que fuera un héroe.

Quizá simplemente le pidió que fuera fiel.

Eso es lo que encuentro tan poderoso en esta historia.

Los jóvenes de Helamán no eran grandes porque nunca sintieran miedo.

Eran grandes porque, a pesar del miedo, siguieron adelante.

Cuando la fe deja de ser teoría

Hay algo muy fácil cuando hablamos de fe.

Podemos hablar de ella durante horas.

Podemos escuchar discursos.

Leer escrituras.

Tomar notas.

Subrayar frases bonitas.

Decir:

"Sé que Dios vive."

Pero llega un momento en que la fe deja de ser una idea y se convierte en una decisión.

Ahí es donde comienza lo difícil.

Cuando tienes miedo y avanzas.

Cuando no sabes qué va a pasar y confías.

Cuando otros no entienden tu decisión y aun así sigues una impresión espiritual.

Cuando no sabes exactamente cómo terminará todo, pero sabes cuál es el siguiente paso.

Y creo que eso es precisamente lo que esta historia me enseñó.

El valor no significa ausencia de miedo.

El verdadero valor es actuar con fe a pesar del miedo.

Y entonces entendí el título

Al terminar el libro, entendí que Las Hijas de Helamán no es solamente una historia sobre jóvenes que aprenden a luchar.

Es una historia sobre jóvenes que están aprendiendo quiénes son.

Keturah está tratando de descubrir su identidad.

Zeke está tratando de entender que amar a alguien también significa aceptarlo.

Gideon demuestra que un buen mentor puede cambiar el destino de una persona.

Helamán demuestra que un verdadero líder puede confiar en jóvenes incluso cuando ellos todavía no confían completamente en sí mismos.

Y los jóvenes guerreros nos recuerdan que Dios no necesita personas perfectas.

Necesita personas dispuestas.

Eso me hizo pensar nuevamente en la Iglesia de hoy.

En nuestros jóvenes.

En los misioneros.

En los padres que los esperan.

En los obispos que intentan guiarlos.

En los maestros que ven potencial donde otros solamente ven problemas.

En los jóvenes que todavía no saben qué quieren hacer con su vida.

Y también en nosotros.

Porque quizá todos somos un poco Keturah.

Todos tenemos algo que los demás no entienden.

Todos hemos sentido alguna vez que no encajamos.

Todos hemos querido que alguien nos comprenda.

Todos hemos tenido miedo.

Y todos hemos necesitado aprender a confiar.

Cerré el libro y volví a la capilla

Cuando terminé la lectura, imaginé nuevamente aquella escena inicial.

El obispo anunciando el himno.

La capilla llena.

Los jóvenes sentados.

Los adultos intentando mantener la atención.

Y yo pensando en Helamán.

Pero esta vez ya no veía a aquellos dos mil jóvenes como los gigantes de las pinturas de Friberg.

Los veía como muchachos.

Muchachos que probablemente tenían miedo.

Muchachos que extrañaban a sus familias.

Muchachos que no sabían exactamente qué iba a pasar.

Pero que decidieron confiar.

Y entonces pensé:

Quizá esa es la razón por la que seguimos hablando de ellos después de tantos siglos.

No porque fueran perfectos.

Sino porque eran normales.

Eran jóvenes.

Tenían dudas.

Tenían miedo.

Pero tuvieron fe.

Y quizá esa sea también la invitación para nosotros.

No necesitamos ser superhéroes.

No necesitamos tener todas las respuestas.

No necesitamos parecer perfectos delante de los demás.

Solo necesitamos estar dispuestos a confiar en Dios y dar el siguiente paso.

Porque al final, los héroes de las Escrituras nunca fueron personas perfectas.

Fueron personas comunes que aprendieron a confiar en un Dios extraordinario.

Y tal vez eso es exactamente lo que Daughter of Helaman quiso enseñarme.

Que algunas de las personas que Dios prepara para hacer grandes cosas no siempre son las que parecen más fuertes.

A veces son simplemente jóvenes que todavía tienen miedo...

pero que, aun así,

deciden avanzar.


By: Carlos M Sanchez

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